Este es el nombre de una corporación de arquitectos chilenos
creada a partir del terremoto de Concepción (Chile), el 27 de febrero de 2010.
La razón de ser de este grupo de arquitectos es la lucha por el tratamiento
digno de los restos de edificaciones que colapsan en catástrofes naturales o
tecnológicas. Como explican en su web, muchos de los edificios que caen
desplomados en estos sucesos son elementos de alto valor patrimonial, que
tienen una fuerte presencia en la memoria colectiva de las personas de estos
lugares, y por ende merecen permanecer en ella aún cuando sea totalmente
inviable su reconstrucción.
De este modo demuestran que este material “de derribo” tiene un valor en sí mismo, y con imaginación y sin necesidad de grandes recursos puede ofrecer no sólo un gran potencial artístico y social, sino también la solución de un problema de gran calado en estos sucesos: la eliminación de escombros previa a la reconstrucción.
Evidentemente, y como destaca esta organización, la absoluta
prioridad en estas catástrofes es la atención a los damnificados, que
atraviesan situaciones de penuria material y emocional. Una de las bases de
esta iniciativa parte de la “sanación” emocional de estas personas, cuyo mundo,
en los peores casos, queda totalmente destruido. Reconocer y reivindicar la
pervivencia de este entorno físico desaparecido es mantener viva su memoria, y
permitir a las personas que lo vivían día a día sentirse aún arraigadas al
mismo.
Una figura que hemos considerado muy hermosa en esta acción
de recuperación es la de los Hospitales
simbólicos de escombros. Como parte del proceso de gestión de estos restos
se proponen una serie de lugares a los que llevarlos en un primer momento para
ser “curados”. Estos sitios han de encontrarse preferentemente en zonas
próximas a plantas de tratamiento de residuos, lejos de zonas habitadas para
evitar el impacto visual y emocional, y fuera de lugares de interés
agropecuario o económico, para evitar afectar al desarrollo de las actividades
del lugar. En estos hospitales se realizará la selección de aquellos materiales
que pueden ser rescatados, y de aquellos que han de ser procesados para ser
eliminados.
Pese a que en sus inicios centraron sus esfuerzos en la catástrofe de Concepción, con el tiempo han estudiado numerosos casos, y eso nos lleva al trágico suceso de Lorca, donde gran parte del patrimonio cultural y arquitectónico sufrió enormes daños. Como en otros ejemplos, proponen diferentes salidas para los materiales que componían estas obras, para que de ese modo, y por siempre, sigan siendo arte.
ANÁLISIS:
1. ECOLOGÍA AMBIENTAL:
La contribución de estas iniciativas a la ecología ambiental
parte de varias fuentes. Por una parte, en todo proceso de eliminación de
residuos, sean de la índole que sean, es necesaria la aportación de energía, en
forma de combustible de vehículos y de maquinaria. Es inevitable el empleo de
energía para transformar estos restos a los lugares en que sean tratados (no es
posible catalogarlos y distribuirlos in
situ debido al impacto sobre el entorno urbano que ello provocaría). Sin
embargo, cuanto menor sea la cantidad de restos a descomponer, menor será la
energía invertida en este proceso, menor será la cantidad de combustible
empleado, y menores serán las emisiones. Todo esto tiene una dimensión
económica evidente, y pone de manifiesto que lo sostenible o, si se quiere,
ecológico, no tiene por qué implicar un mayor aporte económico.
Por otra parte, el mobiliario urbano y los elementos de
embellecimiento de la ciudad derivan de procesos industrializados. Si estos
elementos apenas requiriesen la transformación de materiales, se reducirían los
efectos negativos para el medioambiente de este tipo de procesos. A esto se
suma el hecho de que estamos reciclando materiales ya explotados en vez de
extraerlos del medio.
Por último, hay que recordar que ciertos materiales de construcción acaban siendo amontonados en escombreras de forma indefinida. Esto provoca un impacto visual evidente que puede minimizarse si parte de este material es reutilizado.
2. ECOLOGÍA SOCIAL:
Este modelo de intervención en la ciudad ante casos de
catástrofe surge, con el grupo Proyecto
Memoria como portavoz, de una
sociedad cada vez más consciente del valor de su entorno urbano y de la
necesidad de racionalizar sus recursos. Como personas que vivimos nuestro marco
físico, y que necesitamos la vida en sociedad, nos sentimos involucradas en
cuanto ocurre en el mismo. De este deseo nace el voluntariado.
Ofrecer la participación a las personas en tareas de
reconstrucción a pequeña escala, incluso a modo de actividad cultural o
artística, es además garantizar (en términos prácticos) cierta aportación de
trabajo desinteresado. Algo así en un contexto que requiere grandes inversiones
de recursos económicos es inestimable.
3.
ECOLOGÍA MENTAL:
Como hemos comentado anteriormente, las catástrofes naturales y tecnológicas producen un fuerte impacto sobre las personas que se ven envueltas en ellas. Lamentablemente, en ocasiones este trauma nunca llega a superarse. Las personas somos seres que necesitamos enmarcarnos en un entorno, la fugacidad de nuestra vida requiere de referencias que nos hagan sentir arraigados a un hogar, ser parte de nuestro medio. Cuando este medio queda destruido, cae con él parte de nuestro sustento vital y emocional. Es por ello que la rememoración de aquello que compone nuestro mundo, cuando éste se desploma, nos ayuda a adaptar la imagen presente a nuestros esquemas prexistentes. Así, este nuevo entorno deja de ser extraño para nosotros, y se sella la fractura entre lo que era y lo que ahora es, quedando más como fluir y transformación del mismo.
Como hemos comentado anteriormente, las catástrofes naturales y tecnológicas producen un fuerte impacto sobre las personas que se ven envueltas en ellas. Lamentablemente, en ocasiones este trauma nunca llega a superarse. Las personas somos seres que necesitamos enmarcarnos en un entorno, la fugacidad de nuestra vida requiere de referencias que nos hagan sentir arraigados a un hogar, ser parte de nuestro medio. Cuando este medio queda destruido, cae con él parte de nuestro sustento vital y emocional. Es por ello que la rememoración de aquello que compone nuestro mundo, cuando éste se desploma, nos ayuda a adaptar la imagen presente a nuestros esquemas prexistentes. Así, este nuevo entorno deja de ser extraño para nosotros, y se sella la fractura entre lo que era y lo que ahora es, quedando más como fluir y transformación del mismo.
Esto tiene mucho que ver con el respeto hacia la memoria
colectiva de las personas, y nos lleva a otra posición. En este mundo del usar y tirar en el que la propia
arquitectura a menudo participa, valorar lo existente y luchar por preservarlo
y mantenerlo en la consciencia colectiva es dar un paso por cambiar nuestro
modelo de consumo.
Además, si en este proceso de reciclaje implicamos a la comunidad, damos al individuo la oportunidad de sentirse más parte de ella, y una parte más activa. Valores como la solidaridad, el altruismo y la fuerza de voluntad son incentivados en situaciones de catástrofe; que los esfuerzos conjuntos de las personas contribuyan a mejorar y recuperar la beldad de su entorno es crear monumentos a estos valores.
